Una de Zombies: ¡Hambre!

Día 537:
El hedor a podrido al abrir aquella puerta metálica nos hizo maldecir y llevarnos la mano a la boca y nariz.

Horas antes: 
Nos preparábamos para una nueva incursión, incierta esta vez, en busca de alimentos o lo que fuese, como herramientas. En la última pasamos cerca de un supermercado, de esos que antes vendían comida y otros artįculos con el logo azul y amarillo. Nos llamó la atención que estaba cerrado a cal y canto, y se habían tomado la molestia de reforzar el candado de la persiana metálica de la entrada.

Durante días, semanas, no paramos de hablar de aquel sitio, no podíamos dejar pasar esa oportunidad y trazamos un plan.
Alex y yo iríamos a un taller a por un soplete para abrir aquella tienda. Mejor llevar dos vehículos, una furgoneta con la herramienta que conduciría yo y la nuestra propia, también furgoneta en la que irían el chico y Cris. Todo nuestro equipo, no éramos más.

Llegamos al alba, el soplete un viejo conocido mío, pues antes trabajaba de soldador, dio buena cuenta de gran parte de la chapa que no tuve reparos en destrozar. Tiramos hacia arriba con fuerza y... ¡Dios, qué peste!.
Las puertas interiores de cristal estaban rotas, nos preparamos para lo peor.

Alex se quedó fuera vigilando, la chica y yo encendimos las linternas. Ella llevaba la pistola, solo teníamos dos, se las quitamos a unos cadáveres de policía meses atrás y la munición era escasa.

El caos dentro era tremendo, todo tirado, latas botes, plásticos... ¡Joder¡. Todo vacío. La gran mayoría de la comida de la nevera podrida.
Seguimos avanzando por los pasillos... Nada, ni las latas de comida para perros y gatos.
Es allí donde vi agujeros de bala en la pared. Algo pasó, pero ¿por qué estaba cerrado?.

Vimos los artículos de la semana, eran de jardinería, algo podríamos aprovechar.
Ya solo nos faltaba la zona privada. Cris apuntó con el arma a la puerta, y yo de un hachazo la abrí de golpe. No estaba cerrada con llave.
Oímos gruñidos. ¿Zombies?. Alumbré y en el suelo había uno. Roía un trozo de peroné, le faltaba el brazo izquierdo, la pierna izquierda a la altura del muslo y la derecha por la rodilla, justo encima. Entonces...
Miré a la chica, iba a disparar. ¡No! - le grité, sujetando la Beretta.
No dijo nada y añadí: - creo que no es uno de ellos, es humano aún.
-¿Cómo?- Preguntó mi compañera.
Le señalé la sierra de arco para metal que estaba entre sus piernas o lo que quedaba de ellas.
Me fijé a su alrededor, había restos de ratas y huesos humanos, tibia, fémur, peroné, radio, cúbito... vacilé unos segundos y entonces lo comprendí todo.
- Este pobre desgraciado lleva aquí mucho tiempo, vendrían como nosotros y discutieron o a saber. Se llevaron cuanto pudieron y lo encerraron aquí. Se comería lo que quedó, hasta que se acabó, luego comió ratas y cuando estás también se terminaron, enloqueció y empezó a comerse a sí mismo.
Hasta su propia lengua...

-Dispara.

Fin.



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